Sábado 13 y 30hs. Viento helado y llovizna. Voy al banco, a los cajeros automáticos. En la puerta, como siempre, está el viejito que pide, con su pantalón roto y meado, casi descalzo y con su hediondez, también de siempre, que me taladra hasta el cerebro. Lamento reconocerlo pero me molesta mucho. Paso rápido por ahí, sin respirar, porque ya me ha pasado que aunque me haya alejado kilómetros y minutos, llevo su olor conmigo impregnado en mi pituitaria...como para recordarme punzante que él estaba ahí.
Cuando me estoy subiendo al auto veo que una mujer se le acerca, le habla. No puedo dejar de observar. Le lleva un
taper con unos sándwiches, unas zapatillas y unas medias. El hombre con su
bastón no puede hacer mucho, entonces
ella se agacha, le pone las medias y las zapatillas. Le da el brazo y lo
ayuda a cruzar la calle para que se siente junto a ella, en un banco de la plaza a comer los sándwiches.
No sé quien es esta mujer, pero le costaba disimular el
desagrado que le producía el olor y sin embargo seguía acercándose:
agacharse, una media, otra, ofrecerle su brazo, su compañía ... traspasó
la barrera del dar para entregarse y se me viene a la mente con total entendimiento la sencillez de la frase "dar hasta que duela".
(Después googlearé la frase para enterarme/recordarme que es de la Madre Teresa)

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